El oportunismo político en medio del caos social

En Colombia, cada crisis se ha convertido en una vitrina. Cuando hay dolor, aparece el oportunismo; cuando hay tragedia, florece el discurso vacío. No todos buscan soluciones: muchos esperan el caos porque es ahí donde mejor les rinde la política.

Hay dirigentes que no trabajan para evitar las crisis, sino para administrarlas. No previenen, no transforman, no corrigen. Llegan después del desastre, con micrófono en mano, a señalar culpables, a prometer lo que nunca cumplieron y a capitalizar el sufrimiento ajeno. El dolor se volvió estrategia y la indignación, una herramienta electoral.

Mientras las comunidades claman seguridad, empleo, salud mental y oportunidades reales, algunos líderes prefieren que el problema persista. El miedo moviliza más que la esperanza, y la rabia da más réditos que la construcción. Por eso no sorprende que muchos aparezcan solo cuando hay muertos, atentados o escándalos, pero desaparezcan cuando toca trabajar en silencio y con resultados.

Este oportunismo no solo es inmoral; es peligroso. Normaliza la tragedia, banaliza la vida y debilita la confianza ciudadana. Cuando la política se alimenta del caos, el país pierde rumbo y la gente pierde fe. Se gobierna para el titular, no para la solución; para el aplauso momentáneo, no para el cambio estructural.

Colombia no necesita más expertos en crisis, sino líderes que las eviten. No necesita políticos que vivan del conflicto, sino dirigentes que le apuesten a la estabilidad, la prevención y la dignidad humana. El verdadero liderazgo no se mide por cuántas tragedias comenta, sino por cuántas logra que no ocurran.