Cuándo el sistema de salud nos abandona

Son las 4:00 de la mañana. Mientras Neiva duerme, Rosel Murcia ya está en pie. Viene desde Baraya y sabe que, si no llega temprano a las instalaciones de Discolmets, no alcanzará uno de los escasos 50 turnos que se entregan al día. Necesita losartán, empagliflozina e insulina. No para ella, sino para su madre diabética, que lleva más de un mes esperando unos medicamentos que no admiten demora. La enfermedad no entiende de trámites ni de excusas administrativas.

A pocas cuadras, Dora Lilia Lozada madruga por tercera vez consecutiva. Busca los medicamentos que mantienen estable a su hijo, quien sufre ataques epilépticos. Tras horas de espera, cuando por fin logra un turno, la respuesta es tan breve como cruel: “No hay. Cómprelo”. Dora responde con una dignidad que conmueve: “Si yo tuviera plata no estaría acá humillándome. Mi hijo no puede vivir sin ese medicamento”.
Estas historias no son excepciones ni exageraciones. Son el reflejo cotidiano de una crisis profunda que golpea a más de 130.000 usuarios de Nueva EPS en el Huila, una proporción significativa de ellos en Neiva. Una crisis que no puede seguir tratándose como un problema menor ni observarse con indiferencia, como si se tratara de una molestia pasajera.

El cambio de operador farmacéutico de Droguerías Colsubsidio a Discolmets que debió representar una mejora en la prestación del servicio, terminó convirtiéndose en una auténtica pesadilla para miles de familias. El personero de Neiva, Jerson Andrés Bastidas, lo describió con precisión quirúrgica en la reunión extraordinaria del pasado 24 de enero: “Total improvisación y falta absoluta de planeación”.

Los hechos respaldan esa afirmación:

  • Los acuerdos sobre precios y condiciones se cerraron apenas en los primeros días de enero de 2026, cuando el servicio ya debía estar plenamente operativo.
  • Las sedes de Discolmets reciben entre 500 y 3.000 personas diarias, pero solo entregan 50 turnos.
  • El personal es claramente insuficiente para la demanda real.
  • El software presenta fallas constantes que impiden ubicar fórmulas médicas.
  • No hay medicamentos en stock, incluso para quienes logran acceder a un turno.
  • La atención preferencial para adultos mayores y población vulnerable es, en la práctica, inexistente. El resultado está a la vista y en las calles; filas que comienzan antes del amanecer, esperas de hasta siete horas, adultos mayores expuestos al sol y la lluvia, y pacientes con enfermedades crónicas viendo interrumpidos tratamientos que son, literalmente, vitales. Aquí no estamos hablando de cifras ni de contratos, sino de personas. De madres, hijos y abuelos para quienes el sistema de salud se ha convertido en un laberinto hostil. La improvisación no es solo un error administrativo; cuando se trata de salud, es una forma de violencia institucional.
    Neiva y el Huila no pueden seguir normalizando esta tragedia cotidiana. La salud no es un favor, es un derecho fundamental, y su vulneración sistemática tiene responsables concretos. Cada día de improvisación, cada excusa logística y cada silencio institucional se traducen en dolor, deterioro y riesgo de muerte para miles de personas. Aquí no falló la ciudadanía. Falló el sistema. Fallaron quienes tomaron decisiones sin planeación, sin humanidad y sin asumir las consecuencias. Y frente a eso, no basta con diagnósticos ni mesas de trabajo tardías; se requieren correctivos inmediatos, sanciones claras y, sobre todo, voluntad real para poner la vida por encima de los contratos.